Discos Independientes: Malayunta
  • Malayunta

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    Hay en el primer EP de Malayunta un universo particular que se construye tema a tema, letra a letra, y sonido a sonido. Casi en cada pulso, casi en cada textura, y hasta casi en cada una de las quejas rasgadas en la aspereza profunda de la voz. Lo de Malayunta es una ficción ‘roñosa’ sobre el desamparo y el reviente, pero una ficción que de tan salvaje se torna cercana y creíble. Esos personajes desolados de sus canciones deambulan por calles mugrientas, cabarés de mala muerte y botellas rotas de whisky barato. Hay llantos, ausencias, borracheras, instintos oscuros, noches perdidas, muertos, sangre, funerales, promesas incumplidas y más borracheras… Todo sobre el amor, se diría… Pero sobre el peor de los amores (si es que hay uno mejor, y ojalá lo haya…), el amor de las zanjas y los arrabales, el del despecho y los fracasos. Ese amor dibujado por la distancia de estos márgenes, pero dibujado a sangre y puñal ahí en el pecho como una pura sensación posible y tangible. Malayunta es arrabal sucio, desamor y deseo salvaje, un sentimiento agrio y tierno a la vez, oscuro y festivo. Tan lejano y tan cercano. Tan distante y tan palpable. Y, justó ahí, el sonido de la banda se vuelve la traducción exacta de esas intenciones desesperadas. Un atisbo del rencor y del despecho hecho canción algo deforme, delicadamente áspera; como si el tango fuese otra cosa, como si se reinventase desde el rock pero abriéndose también a otros horizontes lejanos. Y si bien no sería difícil reconocer influencias, que irían desde los emblemáticos Nick Cave o Tom Waits, hasta los cabareteros Tiger Lillies o Dead Brothers, o los exabruptos melodramáticos de la canción melódica francesa e italiana, y hasta los más cercanos Angela Tullida; su propuesta produce un cruce personal y distintivo que los aleja y los nombra de otro modo peculiar. Malayunta es, en cierto sentido, música salvaje de cabaré arrabalero, retorcida y oscura pero a la vez festiva y delicada, lamento orillero con un filoso aroma a humo, alcohol y a trasnoche sin rumbo. Algo así como el deseo desatinado de bailar borrachos sobre vidrios rotos hasta desangrarse. Algo así como bailar quebrados toda la noche para celebrar la más habitual de las desgracias… la pérdida del amor y el paso de los años.